Las televisiones comerciales se han convertido, creo que muy a pesar de sus trabajadores, en máquinas de vulnerar los códigos profesionales del periodismo. En esta ocasión no toca hablar de la telebasura o de la difusión de contenidos de baja calidad, cuando no directamente tóxicos para el televidente.
Hoy quiero destacar el uso de periodistas para difundir publicidad dentro de los espacios informativos. Es habitual ver como los informadores, generalmente de deportes o del tiempo, publicitan productos antes, durante o después de contar la actualidad o la predicción meteorológica.
Un servidor recuerda cuando en la facultad le explicaban la sagrada diferencia entre la noticia y la publicidad, de tal manera que los transmisores de una y otra tenían que ser sujetos diferentes, especialmente en los informativos.
Ahora eso es una antigualla. Priman las cuentas de resultados. Se asocia la publicidad al informador buscando que el producto se aproveche de la credibilidad o el carisma del periodista, se consigue que el espectador no cambie de canal y se trague el mensaje.
Todo se soluciona colocando en el ángulo superior izquierdo de la pantalla un texto advirtiendo que se emite un mensaje publicitario. Por lo de ahora no se han atrevido con los informadores que presentan noticias de información general, pero todo llegará. Es una muestra más de la degradación profesional a la que nadie parece poner coto ..... y de lo mal que algunos periodistas hacen publicidad. Claro, lo suyo no es eso.
La final de la Copa del Rey nos ofreció otro ejemplo de esa costumbre tan española del desprecio al prójimo, un defecto transversal a todo tipo de orígenes y obedencias políticas. Los miles de personas que ayer pitaron el himno español demostraron que en este país, o lo que sea, el respeto por lo que piensa o lo que siente el de enfrente no es moneda de uso habitual. Silbar un himno, cualquier himno, insultar al vasco, al catalán, al francés o al español por el hecho de serlo es vulgarmente insoportable, además de una muestra de intolerancia abrumadora. Es la ofensa por la ofensa, por joder, por irritar al que no piensa como tú o por hacer la gracieta. Pero, si cabe, aún es peor reír la gracia, alentarla o contemplarla con media sonrisa, como hizo el honorable Mas el sábado en el Nou Camp. Seguro que no pondría la misma cara si en el Bernabéu se abucheara e himno catalán; entonces hablaría de insulto a Catalunya y bla, bla, bla..... En tiempos cada vez más lejanos, los esbirros d...
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