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El papa rosa

Estaba sentado junto María Antonia Iglesias y al cuarto vicepresidente, como llaman los maledicentes a Cándido Méndez, secretario general de laUGT, por su presunta capacidad para influir en Rodríguez Zapatero. Felipe González ya no está para subirse a un estrado congresual y largar el mitin. El formato que le va ahora es el que se puso en escena en el congreso de los socialistas andaluces: charla de amiguetes para seguidores incondicionales.

Allí estaba el otrora líder inmarcesible del socialismo hispano pontificando de lo divino y de lo humano. Como uno ya empieza a tener unos años de historia volví mentalmente a los dorados ochenta, cuando el sevillano se afanaba en hacer que España no la reconociera ni la madre que la parió (Guera dixit). Por esos años le fue bien, pero luego el proceso se truncó, los sindicatos le montaron una huelga general, el país entró en una crisis económica galopante, la corrupción invadió los escalones de acceso a La Moncloa y los GAL comenzaron a enseñar la patita judicial.

Felipe se fue con más pena que gloria, dejó la dirección del partido en 1997 y se disolvió en el molesto anonimato de los ex presidentes. Y desde ahí vuelve de vez en cuando para impartir doctrina a los que están dispuestos a escuchar sus reflexiones con arrobo. Yo reconozco que estuve un tiempo hipnotizado por este sevillano mitinero que ahora expide recetas para salir de la crisis pero es incapaz de decir en público lo que realmente piensa de Zapatero. La seducción se me acabó casi al mismo tiempo que la primera juventud, cuando la madurez te permite discernir mejor.

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